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EL 2 de
marzo del 2.000, yo tenía 34 años y me dio un derrame cerebral; de
eso hace ya seis años. Dejaba atrás una vida, para encontrarme con
otra casi sin nada. Una AFASIA, además de una hemipléjia . Había
perdido demasiado en un solo día. No sabía hablar, ni leer, ni
escribir. ¡Por Dios! ¡Era una pesadilla! Pero mi mayor preocupación
era no comunicarme. Me aterraba no poder hablar con mis hijas y no
quería que me vieran así. Poder leerles un cuento a la hora de
acostarse, como hacía antes, me obsesionaba. Frustración,
desesperación, cansancio, tristeza, impotencia, inseguridad……, esos
son algunos de los sentimientos que he tenido durante años. No podía
expresar todo lo que quería, y a veces, nada. Cuando desperté en el
hospital no podía moverme ni hablar. No recordaba nada de mi vida
anterior y no sabía porque estaba allí. Comprendía completamente
todo lo que me decían, pero se me olvidaba a los pocos segundos. A
si qué, como no tenía recuerdos, no podía conciliar el sueño. Era
desesperante. Al fin, por el cansancio, me dormía. Fui mejorando
paulatinamente hasta que, a los pocos días, pude enterarme que me
había dado un derrame y me explicaron que tenia una AFASIA además de
una hemiplejia. Me sentí muy mal. Mi marido intentaba que recordara
lo más importante de mi vida; ni siquiera recordaba que tenía dos
hijas. Poco a poco lo fui recordando. En la UCI dije mi primera
palabra: “Cuchi”, que así es como llamamos a mi hija pequeña. En el
hospital, decía palabras sueltas y era capaz de decir frases
sencillas. Belén, mi logopeda, fue a evaluarme ahí, y desde entonces
no nos hemos separado. Era la que mejor me entendía. No solamente es
mi logopeda, sino también psicóloga y amiga. Ahora estamos
perfeccionando la lectura en alto. Siempre se puede mejorar.
Estuve en el
hospital 21 días. Cuando salí de allí me enfrente a mi vida. ¿Cómo
iba a acostumbrarme a eso? Yo sabía que iba a recuperar, ¿pero
cuánto? Nada era suficiente. Yo quería recuperar TODO. Tenía que
recuperar mi vida, ¿pero cómo? Sabía que lo primero que tenía que
hacer era aprender de nuevo a hablar, a leer y a escribir. Cuando
llegué a casa, mi hija Cuchi no me reconoció y se asustaba de mi. Se
encontró con una madre con la cabeza rapada, en silla de ruedas y
que hablaba casi nada y con una voz extraña, que no era la mía.
Pensé que la había perdido y que nunca la recuperaría. Tenía
solamente dos años. Sin embargo, mi hija mayor no se separaba de mí.
Tenía cuatro años.
Siempre conté (y
cuento) con la ayuda incondicional de mi familia, que, aunque a
veces me han sobreprotegido un poco, han estado pendientes de mi. Mi
madre y mi hermana están siempre a mi lado. Mi marido se informó
sobre la afasia y sus tratamientos, fundamental para entender y
ayudar a un afásico. Tuve el soporte económico para costearme una
fisio y una logopeda particulares, y contaba con la ayuda en casa de
una persona interna . Siempre he pensado que me parecía injusto que,
otros enfermos como yo, no tuviesen las mismas oportunidades por
economía.
Durante el primer
año estaba día y noche centrada en mi recuperación. Me cansaba mucho
y tenía siempre sueño. Me sentía persona a medias. Hablar era
agotador. Cualquier esfuerzo que hacía, como leer o escribir, me
dejaba agotada en muy poco tiempo. Tenía que hacer un gran esfuerzo
para mantener una mínima conversación como yo mejor podía. Tres días
a la semana iba a mi fisio, Aurora, y otros tres venía Belén a casa.
Con ellas me encontraba muy bien porque sabían como ayudarme. Estaba
muy animada porque veía mis avances y, aunque tenía mis días y
momentos muy duros , seguía disfrutando con mis hijas, mi familia y
mi gente, de cada día que me regalaban. Me hacían reír mucho, que
eso es importantísimo. También me dieron ataques de pánico y había
días que tenía mucho miedo. Durante el primer año me recuperé mucho
y deprisa y me encontraba eufórica. Luego, el segundo año, mis
logros fueron menores. Fue entonces cuando tuve el duelo por mi
brazo y me puse enferma con una depresión. Tuve que ir al
psiquiatra, que me recetó una medicación y mejoré. Pero además como
tenía a mis hijas por las que luchar, aunque lentamente, iba
progresando. Un golpe muy duro para mí fue, que después de dos años,
te diga tu médico que nunca serás como antes. No era fácil
asimilarlo.
En julio del 2001
me dio mi primera crisis epiléptica. Eran muy desagradables. A
partir de entonces al sueño y al cansancio diario se me unió el
mareo, porque la medicación para controlar la crisis eran muy
fuertes y además tenían efectos secundarios . Me daba miedo estar
sola y casi nunca salía a la calle si no era acompañada. Me podían
dar en cualquier momento porque no estaban controlaba todavía. Me
han dado 11 crisis, la última en mayo 2005. No estaba sola nunca y,
aunque yo tenía más miedo que ellos, veía que era necesario que no
fuera así para conseguir mi independencia. Hasta hace año y medio me
mareaba a media mañana y me tenía que echar. Ahora tengo que
descansar después de comer y sigo a buen ritmo toda la tarde. La
crisis me han frenado en mi recuperación y en la recuperación de mi
vida.
Antes del derrame
cerebral cuidaba de mis hijas, mi objetivo era hacer todo lo que
hacía antes. Y fundamental, leerlas un cuento antes de acostarse. Un
gran reto era el colegio. Después de seis meses empecé a ir a buscar
a mis hijas al colegio. Iba agarrada al brazo de mi madre, ¡pero
iba!. Me sentía muy insegura y con una incapacidad que me costaba
mucho aceptar. No era solo una afasia, sino también una hemiplejia.
No me encontraba ni mucho menos atractiva. Les tuve que dar
explicaciones a todo el mundo de lo que me había pasado, y ellos las
recibían con cariño y haciéndose cargo de la situación . Al hablar
me ponía nerviosa . Era consciente de que podía hablar mejor si lo
hacía despacio y, lo más importante, si controlaba los nervios.
Cuando me pongo nerviosa se me contrae el lado derecho del cuerpo y
entonces mi estética es más fea, y me ponía cada vez más nerviosa.
Siempre estaba pendiente, y a veces también ahora, de lo que está
pensando la gente de mí. No podía iniciar una conversación y mis
frases eran muy cortas, si, no, vale, ¿que tal?. Algunas tardes me
iba a casa desanimada y triste. Me horrorizaban las reuniones con
los padres y el profesor que se organizaban al principio del curso.
Pero tenía que ir por mí y por mis hijas. No me acercaba a los
padres; dejaba que se acercaran ellos. No intervenía en las
conversaciones de los corrillos de las madres porque hablaban muy
deprisa para mi, me sentía aislada entre tanta gente. Hace un año me
di cuenta de que podría adquirir algunas estrategias para hablar,
por ej. , levantar la mano, antes de exponer tu opinión recordarles
que hablas con dificultad, ayudarte con gestos, señas (esto, con
mucha practica). Cuando lo vas superando, te animas a hablar más.
Cuando era niña
pensaba que no había una madre tan maravillosa como la mía y que no
había otra mejor. A mi me parecía que eso no lo iban a pensar de mí
mis hijas. si no me integraba en sus vidas y pudieran contar
conmigo. Mis hijas necesitaban a su madre. Desde que me dio el
derrame nunca he vuelto a dormir bien pero llegó un día en que
decidí hacer un gran esfuerzo y levantarme con las niñas. Les
ayudaba a hacer los deberes y las bañaba. A veces estaba agotada, o
me dolía la cabeza, y no podía seguir el ritmo. Cuando tenía que
explicar algo, me costaba mucho porque las palabras no me salían, se
me caía el mundo encima; no las podía fallar pero hacía un esfuerzo
y no desistía hasta que lo conseguía. Ese esfuerzo me dejaba muy
cansada, me tenía que acostar. Era un cansancio como si estuvieras
estudiando durante muchas horas y no te cabe más en la cabeza, pero
todo esto en unos minutos . Yo quería hacer lo que hacían todas la
madres y que mis hijas estuviesen felices a mi lado. Ahora me canso
lo normal y encuentro las palabras, aunque a veces me cueste un
poco.
A veces, cuando no
estaba muy cansada, mi animaba a leerlas un cuento. Durante los dos
primeros años, como lo leía tan mal, luego les decía a alguna que lo
volviera a leer. Pero mis hijas, aunque no me entendían, me animaban
siempre. Ahora leo despacito.
En casa no tenía
ningún problema. Me sentía protegida. Tenía una persona interna que
me ayudaba en las labores de la casa. Me hubiera gustado cocinar
más, pero he dado prioridades. El problema lo tenía cuando salía de
casa. Me daba vergüenza ir a cualquier sitio porque la gente se
quedaba mirando mis andares. No me encontraba nada atractiva. Me
costaba salir sola a la calle. Hasta hace dos años, no sabía pedir
una coca-cola porque no me salían las palabras o las decía mal. No
era capaz de comprarme un vestido sola, ir a la compra sola, no era
independiente. Ha sido la confianza en mi y las ganas de recuperar
mi vida las que me han hecho conseguir ir sola a la compra , ir a
comprarme un vestido, ser independiente.
Sigo siendo yo, con
todas mis muchas incapacidades. Sigo pensando igual. Me gusta lo
mismo que antes me gustaba. Quiero como siempre. Pero me ha cambiado
la vida. Yo no quería que mi familia llevara siempre a cuesta mi
problema. Por eso decidí luchar para superar mi afasia. Porque podía
vivir sin una mano, sin correr, sin montar en bici, sin conducir.
Aunque era muy difícil renunciar a ello. Pero no podía vivir sin
hablar, sin leer, sin escribir. Das más valor a algunas cosas y
dejas de dárselo a otras.
Hace un año que
estoy separada. Desde entonces me he enfrentado y me enfrento a
situaciones difíciles y diferentes. Y las voy superando. Esto ha
hecho que cada vez me encuentre mejor. Vivo sola con mis hijas. Me
ha costado pero lo he conseguido.
He logrado
recuperar mi vida. He creado la Asociación Ayuda Afasia y estoy
colaborando en grupos de autoayuda para personas que, como yo,
tienen afasia. Desde los grupos conseguimos superar los problemas
del día a día, tenemos que hablar, escuchar y nos animamos
mutuamente. Yo noto que he mejorado mi afasia desde que estoy en los
grupos. No ha sido fácil aceptar mi incapacidad y ahora estoy
trabajando mucho para que la asociación de servicio a las
necesidades que tienen los afásicos, porque no podemos estar
olvidados. Por desgracia, cada vez somos más y más jóvenes.
No he dejado de
luchar y nunca me ha faltado la esperanza. Ahora estoy hablando,
escribiendo y leyendo. Y se lo debo a todas las personas que en todo
momento han estado y están a mi lado, a mi hermano Rafa, a mi
esfuerzo, pero sobretodo a mis hijas, que sin su existencia no
hubiera luchado tanto.
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